martes, 14 de agosto de 2012


En blanco y negro

Si los términos medios no existieran, la vida no tendría sentido. Las personas, los animales, las cosas suelen ser blancas o negras… ¡qué genial sería si pudieran tener un tono grisáceo! Mi vida está llena de matices, un poquito de él y otro poquito de ella. Mi padre y mi madre.

Crecí en una familia que inicialmente estaba formada por cuatro hombres y dos mujeres. Mi papá, mi mamá, una tía mi hermano mayor y menor y naturalmente yo. Con el pasar del tiempo se fueron unos y llegaron otros, se fue mi papá y llego una primita. Quizás el hecho de que mi papá no hubiese estado presente durante mi desarrollo inhibió mi metamorfosis en él. Sí, así como Hector Abad en su libro “el olvido que seremos” expresa su amor por su padre y lo mucho que lo marcó, yo también he de decir, “¡papá no hay dos!”.

Solía ser una persona solitaria y tímida, tal cual mi papá lo era de niño, pero con el pasar del tiempo me volví espontaneo y extrovertido como lo ha sido mi mamá. Ser expresivo nunca ha estado en mi conducta, tal vez por el hecho de que no con mucha frecuencia recibía manifestaciones de cariño por ninguna de las dos partes.

Mi papá abandonó el barco familiar cuando yo todavía era muy niño. No superaba los cinco años creo. La verdad hasta hoy, no recuerdo que me haya afectado, emocionalmente digo, pero sí marcó lo que pudo haber sido mi personalidad. Despertó entonces en mí, una manera muy particular de ser. Temperamental, intratable y hasta grosero. Pero ¿por qué?, siempre me hacía esa misma pregunta, ¿por qué tanta rabia? La respuesta era hasta cierto punto muy tangible. Desconocer ese carácter fuerte y esa particular forma de ser mi madre, es negar que nadie pueda no comunicarse. De ahí parte mi vida, no imaginan cuántos problemas he tenido por dejarme “llevar de la rabia”.

Sin embargo, nunca estuve del todo alejado de mi papá, y aunque no vivíamos en la misma ciudad, bastaba una sola llamada cada ocho días y/o su presencia durante cada cumpleaños mío o de mis hermanos para alegrarme. Caso contrario era con mi madre. Solíamos llevárnosla mal, peleas aquí, peleas allá. Parecía nuestro pan de cada día. Mi gran duda siempre fue ¿por qué quiero a mi papá y no a mi mamá? Hoy entiendo que no es desamor por ella. Es ella la que siempre estuvo ahí para mí, la que siempre me apoyó, la que me corrigió la que me felicitó. El hecho estaba entonces, en que nuestras formas tan parecidas de ser chocaban, polos opuestos se atraen pero los iguales se repelen. Al no tener esa otra figura que me dijera las cosas, “el agua sucia caía en ella”. Y no es que así lo haya querido yo, fue cosa de momentos, cosa que se es me escapaba de las manos, cosas de las cuales hoy me arrepiento.

Fue pasando el tiempo, iba madurando lenta pero seguramente. Supe transformar ese vacío que dejo mi padre. Mi mente y mi corazón transformaron su falta en más amor o eso creo. Jamás en la vida le reclamé, jamás en la vida lo juzgué, es más creo entenderlo, y es que ¡no es fácil convivir con mi mamá! Nunca, pero nunca en la vida hice o dije algo que lo molestara. Las pocas oportunidades que en que nos veíamos y hablábamos trataba de aprovecharlas al máximo. Igual su sola presencia y su sola voz eran motivo de felicidad. En su momento sentí querer más a mi papá que a mi mamá, ¡momento!, aún creo quererlo más a él que a ella.

A medida que crecía, iba ganado en conciencia. Consideraba más a mi madre y empezaba a pensar en ¿por qué? hizo lo que hizo mi papá. Lo interiorizaba, más nunca lo expresaba. Solía tener largas y profundas conversaciones conmigo mismo, al final terminaban tanto mi padre como mi madre en una balanza. Los juzgaba por igual, los consideraba por igual pero nunca los trate por igual. Siempre y a pesar de todo, siempre tuve cierta preferencia por mi papá.

Hoy día manejo más los tiempos y los momentos. Aprendí a llevar una vida calmada cuando es necesario como lo hace mi papá y explosiva cuando se requiere serlo como lo es mi madre. Suelo ser precavido y temerario, no doy un paso sin estar seguro tal como lo es mi padre, pero una vez doy el paso, no hay quien me detenga y doy lo mejor de mí como mi mamá.  No expreso mucho lo que siento, algo característico en ambos, pero cuando lo hago es realmente sincero. La familia es primero que todo tal como lo demuestra mi mamá, no con palabras sino con hechos. Luchar por alcanzar tus sueños hasta que los consigas, tal cual lo hizo mi papá. Serle fiel a una sola mujer y poner de mi comprensión y tolerancia para que una relación pueda funcionar, cosa que ninguno de los dos pudo hacer.  

Nuestras vidas no son perfectas, y eso es lo que las hace perfectas. Vivir no es fácil, solo es bonito. Los problemas no existen, las soluciones sí. La felicidad no existe, solo tenemos momentos de alegría. El miedo no es un derecho, es un deber. La personalidad nos describe como somos, nuestra conducta es la manera de comportarnos frente a los demás. Yo soy yo, tú eres tú y ellos son ellos. El mundo está lleno verdades erróneas, la única verdad es que nada es del todo cierto. La combinación de pequeñas muchas cosas nos define, nadie es todo blanco o todo negro. Nosotros no nacemos, nos hacemos.

De allí a que yo sea el producto de un sinfín de situaciones que me han dibujado y desdibujado. En ese camino de marcadores, mi papá y mi mamá han tenido un papel preponderante. Es él y ella en mí, soy yo en ellos. 

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